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Los Mundos Reales
Por Juan Forn
Cuentos
Completos.
Autor: Abelardo Castillo
464 páginas, Alfaguara.
Texto aparecido en Radar Libros Nº 7; 1997.
La
fluidez y la elocuencia con que un texto, o un autor, dialogan con el resto
de la literatura lo da el paso de¡ tiempo. Y, así como hay autores
que enuncian su canon en artículos periodísticos más o
menos olvidables, hay otros que lo hacen visible de otra manera, mucho más
cabal: en su propia literatura. En ese sentido, es doblemente expresivo leer
así la obra cuentística de un autor: reunida en un volumen, y
ordenada cronológicamente desde el principio: no sólo permite
ver su evolución o desarrollo sino también su sistema de lecturas,
influencias y homenajes. Abelardo Castillo arrastra desde hace tiempo el estigma
de ser algo así como "el" escritor de los '60. La renovación
de la literatura argentina que supuso esa generación suele resumirse
y trivializarse en pocas palabras (compromiso, por ejemplo). En cambio se da
como obvio algo que no lo era en absoluto hasta entonces: a principios de los
'60 empezó a leerse a Borges no en contra de sino en paralelo a autores
como Arlt, Marechal o Cortázar. Desde entonces, la literatura argentina
pudo integrar con naturalidad dentro de un sistema de lecturas lo que hasta
entonces era una dicotomía insalvable.
Mientras Cortázar disimulaba a través de sus
pirotecnias estilísticas que estaba escribiendo siempre el mismo puñado
de cuentos, Borges, en cambio, lo hacía enfáticamente explícito
(aun cuando no lo fueran). Una y otra modalidad son, en realidad, anverso y
reverso de la misma cosa. Después de Borges y Cortázar, no puede
no saberse esta lección, y estos Cuentos completos permiten ver por qué
Castillo es el cuentista más poderoso de los '60 (sólo Walsh y
Briante, en sus mejores cuentos, están a la altura de los mejores de
Castillo, pero uno y otro, por diferentes motivos, dejaron una suma de cuentos
menor).
Los primeros relatos incluidos en este volumen tienen casi
cuarenta años y, los últimos menos de cuarenta semanas. Pero Unos
y otros funcionan como piezas sucesivas e indispensables en el desarrollo de
un universo propio, nítido, original y absolutamente coherente. Desde
su primer libro, Castillo parece señalar las coordenadas de su mundo
literario; luego vuelve a escribir una y otra vez los mismos relatos, mostrando
la evolución de sus obsesiones corno escritor y, por debajo, y en los
cambios topográficos y existenciales M territorio donde instala esos
cuentos. El primer relato de cada libro parece dar el tono en que va a transcurrir
el resto. Así se salta de "La madre de Ernesto" (que inicia
Las Otras Puertas, en 1961) a "Capitulo para Laucha" (de Cuentos crueles,
1966). Hay cinco años de distancia, los dos cuentos ocurren en San Pedro
pero en el segundo el narrador está de paso, ya vive en Buenos Aires
y San Pedro es su pasado, el territorio de su inocencia perdida. En el primero
se refiere a uno de los episodios iniciales de esa pérdida; en el segundo
rescata un momento anterior, desde la certeza de esa pérdida.
Entre Cuentos crueles y Las panteras y el templo hay diez
años (1966?1976). Entre El cruce del Aqueronte y Las maquinarias de la
noche también hay diez años (19821992). Pero uno y otro período
de silencio tienen características casi opuestas. Dejando de lado lo
evidente (lo que ocurrió en el país en esas dos décadas),
entre 1966 y 1976 circuló un torrente de hectolitros de alcohol por el
organismo de Castillo. Entre 1982 y 1992, en cambio, publicó sus dos
novelas: El que tiene sed (1984) y Crónica de un iniciado (1991). El
cuento inicial de Las Panteras y el Templo ("Vivir es fácil, el
pez está saltando") da cuenta en forma magistral de lo que ocurrió
en la escritura de Castillo, en esos diez años, además de alcohol.
Lo mismo sucede con el acorde inicial de Las maquinarias de la noche: leer "Carpe
diem" después de Crónica de un iniciado es, para usar palabras
de Castillo, como la noche de ciertas plazas, cuando la neblina y la humedad
enrarecen la luz de los faroles y hacen brillar los bancos de piedra. Ese efecto
alcanza su cabal nitidez en otros dos cuentos de ese mismo período: la
lacónica revelación de "El hermano mayor" y el perfecto
homenaje a Florencio Sánchez en "El tiempo y el río".
En su construcción, estos cuentos parecen dialogar más con Chejov
y Maupassant que con Borges, Cortázar o Arlt, tal como lo hacían
los relatos iniciales de Castillo. La tensión es más subterránea
y, a la vez, más cristalina. Varios cuentos comienzan casi de la misma
manera: un hombre, sentado frente a otro, da cuenta de una perplejidad, con
resignación, con serenidad ecuánime, como si lo que cuenta no
hubiese podido ocurrir de otra manera.
Si bien hay un cuento que Castillo había eliminado
de Las otras puertas y en este volumen recupera su lugar ("Historia para
un tal Gaído"), lo insólito de estos Cuentos Completos es
que no lo son: por la sencilla razón de que Castillo sigue escribiendo
y gozando de moderada salud, a pesar de sus hábitos empecinadamente noctámbulos.
Por esa razón no es del todo conveniente abrir juicio sobre los cuatro
cuentos inéditos que cierran el volumen, ya que Castillo organiza sus
libros en sistemas cerrados y aquí aparecen sueltos (¿a modo de
anticipo de su próximo libro?). Lo que sí puede verse con total
nitidez es la evolución de sus recursos como escritor, no hacia la pureza
precisamente, porque la literatura es un género espúreo por naturaleza,
sino hacia la elocuencia: en el modo en que dialogan entre sí y en el
modo en que dialogan con todos esos grandes autores que Castillo deja entrever,
a modo de canon invisible, dentro de su propia literatura.